El Aquelarre Oscuro, Capítulo 1 (Primera parte)

martes, febrero 16, 2016

¡Buenos días a todos! Aquí os dejo la primera parte del primer capítulo de la historia, espero que os guste y, si queréis, dejadme algún comentario, que estaré encantada de leerlo y contestarlo :)


ADVERTENCIA: Todas las historias que cuelgo en este blog son originales, y están registradas en Safe Creative.



EL AQUELARRE OSCURO
CAPÍTULO 1
PRIMERA PARTE

Regresé a casa, y Joan, mi mejor amiga y compañera de piso, estaba sentada en el sofá, con los pies apoyados en el borde de la mesilla de centro. Olía a esmalte de uñas. En la tele estaban poniendo publicidad, y Harper, nuestra otra compañera, no estaba por ninguna parte. Joan giró la cabeza cuando escuchó la puerta principal al cerrarse, y sonrió.
        —     Trevor acaba de llamarme. —dijo.
        —     ¿Ah sí? — respondí, dejando el bolso y el abrigo en el perchero de la entrada. — ¿Y qué te ha dicho?
        —     Que pasa a recogerme a las seis.
        —     Genial. ¿Ya sabes dónde iréis?
        —     A cenar. Sospecho que al italiano que me comentó el otro día. Ese que tiene tan buena pinta. Tú irás a la fiesta, ¿no?

Asentí. Mi disfraz estaba colgado de una percha en la puerta de mi habitación. 

        —     Bueno, pues pásalo muy bien. Y no te preocupes, si traes a alguien a casa, lo más probable es que yo no esté. Y Harper tampoco, por lo que veo.
        —     ¿Dónde está?
        —     Creo que está en York. ¿No te lo había dicho? Su abuela se ha puesto pachucha, y creo que Harper ha subido para ver cómo evoluciona.
        —     Hala… No sabía nada. Intentaré llamarla luego y preguntarle. Pobre mujer.
        —     Sí. Espero que no sea nada grave. La última vez que la vimos estaba muy bien. En fin… ¿Y esa cara? ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo en el trabajo?

Me serví un vaso de agua y me senté junto a ella, suspirando. 

       —     El trabajo ha ido muy bien, Jo. — comenté, dando un sorbo al agua.
       —     ¿Y entonces? ¿Qué te pasa?

La miré, sopesando las posibilidades. Era mi mejor amiga, pero contarle lo que había ocurrido podía ponerla en peligro. Y ya lo estaba, puesto que conocía el secreto que guardábamos en mi familia. Sin embargo, necesitaba sacármelo de dentro. La angustia de no saber me estaba matando, y si se lo contaba, quizás ella podría aconsejarme acerca de qué hacer.

       —     Audrey, me estás asustando. ¿Ha pasado algo? — su expresión se tornó preocupada.
       —     No lo sé.
       —     ¿Cómo que no lo sabes? O ha pasado, o no. No hay término medio.
       —    Hoy vi algo muy extraño, Jo. Simplemente eso. Y no sé si calificarlo de normal o de algo más. 
  
      Jo siempre había tratado el tema de mi “condición” con mucha delicadeza y seriedad, como si se tratase de una extensión de mi persona. Algo con lo que debía tratar normalmente –como aquella vez que había roto una taza sin tocarla-, pero al mismo tiempo, algo que no debía tomarse a la ligera. 
 
        —     ¿Tú qué crees? ¿Qué te dice tu instinto?
        —     …La última vez que nos guiamos por mi instinto tuvimos un problema grande, ¿recuerdas?
        —     Bah. No me digas que todavía te echas la culpa. Aquello no fue nada. Además, el muy capullo se lo merecía.
        —     ¿Tú crees que hacer que una maceta volase hacia su coche fue “nada? Alguien podría haberme visto hacerlo, Jo.
        —     Pero no te vieron. Bueno, él sí, pero estaba borracho. De todas formas, eso no es importante. ¿Tú qué piensas al respecto? ¿Y qué es lo que ha pasado hoy exactamente como para que estés así?

Terminé el vaso de agua y lo dejé sobre la mesilla de centro. Me tomó unos segundos buscar las palabras adecuadas para que lo que iba a decir no sonase como la cosa más ridícula del universo. No conseguí encontrarlas.
        
        —     Vi cómo un pajarillo se estampaba contra el escaparate de una panadería. Estaba volviendo a casa, y acababa de hablar por teléfono con Erin cuando lo vi cruzar la calle, volando muy bajo, y luego… ploff. De bruces contra el cristal. — expliqué.
        —     …Me estoy perdiendo. Eso pasa a menudo, Audrey. A veces el sol les deslumbra. Es normal.
        —     No cuando no hay sol. El cielo estaba encapotado, y tuve una sensación muy extraña.   
        Llámame paranoica si quieres, pero creo que incluso debería avisar a mi abuela.
        —     Espera. ¿A tu abuela? ¿Para qué?
        —     Es un augurio de muerte, Jo. 

Los ojos de mi amiga se abrieron de par en par durante un segundo, y su mano agarró la mía con fuerza. Desvié la mirada un momento y vi que su postura había cambiado por completo; su cuerpo se había tensado. 

      —     ¿Hablas en serio?—preguntó, casi en un susurro.
      —     Sí. Por eso estoy asustada.
      —     ¿Y qué crees que dirá tu abuela?
      —     No lo sé. La última vez que ocurrió algo así, ella era un bebé. Podría ser una señal.
      —     Creo que deberías salir protegida esta noche. Y si ves algo sospechoso, vuelve a casa. No quiero que te pase nada. Si necesitas que pase a recogerte a la fiesta, no dudes en llamarme, mantendré el móvil cerca.
      —     Jo, no te preocupes. Tú diviértete y olvídate de esto, ¿vale?— dije. Asintió, aunque no la vi muy convencida de desistir. — ¿Quieres que te eche una mano con el maquillaje?
      —     ¿Cómo es que siempre te zafas tan rápidamente de las conversaciones importantes? Es increíble. Pero sí, vale, dejaré que me ayudes. 

Ayudé a Jo después de darme una ducha caliente; mis músculos se habían agarrotado por el frío, y necesitaba relajarme un poco y pensar cuál sería mi próximo movimiento. Si avisaba a mi abuela y la cosa se quedaba en nada, habría alarmado a la familia por una tontería. Pero, ¿y si de verdad era lo que yo pensaba? 
 
Me senté en la cama y reflexioné durante unos minutos. Lo que estaba claro es que no podía actuar sola. Al fin y al cabo, era la primera vez que un asunto de estas características volvía a ocurrir en mucho tiempo.


Mi dilema era éste: poner en alerta a una familia de brujas porque cabía la remota posibilidad de que un aquelarre oscuro volvía a la ciudad después de setenta años, o callarme e ignorar lo que podría ser simplemente, un acontecimiento trivial. Genial.


La última vez, la policía había encontrado los cuerpos de tres hombres a la orilla del río, cerca de Southwark, en abril de 1945. Arañazos, mordiscos, desgarros… Habían muerto desangrados, y al parecer presentaban una expresión de absoluto terror en sus rostros. Lo cual no me sorprendía, dadas las circunstancias completamente extrañas de sus muertes. Así las había calificado la policía. Y así las habían archivado. El asunto se había olvidado, después de unas semanas en las que se buscó a la jauría de animales rabiosos que podría haber causado tales estragos –y de los que no había rastro, por supuesto-. Y desde entonces, silencio. Nada. 


Si el Aquelarre había vuelto, la cosa podría ser mucho peor que entonces. En pleno siglo XXI, donde existen avances tecnológicos que nos permiten transmitir datos a gran velocidad y soltarlos en la Red, ser una bruja es como una sentencia de muerte. Tener poderes como el mío –o como cualquier otro- implica vigilar cada cosa que haces con lupa, evitar cualquier salida de tono, cualquier pico emocional extraño. Es una regla con la que vivimos todas las mujeres de mi familia, puesto que somos nosotras quienes cargamos con el peso de nuestro secreto. 


Comencé a prepararme poco después de que Jo se marchase con Trevor. Mi disfraz era simple, y tan obvio que toda sospecha de mi condición quedaría oscurecida. No se ven muchas brujas disfrazadas de bruja por Londres.


Andy pasó a buscarme una media hora más tarde, y nos fuimos juntos en su coche hasta el local en el que se celebraba la fiesta. Nos conocíamos prácticamente desde que íbamos al parvulario, y casi no nos habíamos separado desde entonces. Compramos las entradas unos quince días antes, por diez libras. La idea de la fiesta de disfraces, según Andy, -que tenía contactos hasta en el mismísimo infierno-, había sido de la relaciones públicas del local, que al parecer era una enamorada de los bailes de máscaras. Sin embargo, el local era pequeño como para montar uno, y se decantó por una simple fiesta de disfraces. Y ahí estábamos, una bruja y un mecánico zombi en un Ford a las siete y media de la tarde, llegando a un local de fiestas de Westminster, rezando para que no nos cayera el chaparrón del siglo encima. 


       —     …Y dime, ¿al final pudiste resolver aquel problema?—le pregunté.

       —       ¿El que hubo con aquellos clientes? Sí... La culpa no había sido mía, como supe desde el principio. 

       —   ¿Y entonces? ¿Cómo pudiste solucionarlo?

       —    Hablé con Frank, mi jefe, y le comenté los pormenores del asunto. Resulta que alguien había metido las narices donde no le tocaba, y el marrón me cayó a mí.—dijo él.

       —     Madre mía.  —comenté.

       —     Sí... Lo bueno es que, al final, le pillaron y no veas la que se montó el día que se marchó de la oficina. Incluso mi jefe me ofreció una disculpa.

       —     Faltaría más. No tenían que haberte echado la culpa de nada, sabiendo cómo eres de meticuloso para tu trabajo.

       —     Bueno, a veces pagan justos por pecadores. ¿Sabes qué es lo peor?

       —     ¿Qué?

       —     Verle la cara a Colin cada vez que voy al pub. Me mira desde detrás de la barra con una cara de rabia inmensa. Y me da pena.

       —    ¿Pena? Casi te echan por su culpa.

       —   Sí, lo sé, pero no puedo evitar pensar qué es lo que le llevó a hacer eso. Quizás estaba desesperado. Quizás necesitaba reconocimiento, no lo sé. Ese chico siempre ha estado algo perdido. Ah, mira, un hueco. Podemos aparcar.

      Las palabras de Andy me hicieron reflexionar mientras salíamos del vehículo. La  música no estaba demasiado alta en el interior, con lo que el murmullo del gentío podía escucharse más que las propias canciones. Estaba claro que no era una discoteca. 
 
       —     ¿Quieres beber algo?—me preguntó Andy, mientras nos acercábamos a la barra.

       —     ¿Una cerveza?

       —     Hecho. Busca un par de taburetes y estoy contigo enseguida.


Encontré unos casi al final de la misma, y me senté en uno de ellos, poniendo el gorro de mecánico zombi de Andy en el otro, para indicar que estaba ocupado. Miré a mi alrededor, observando a las personas que se reunían en las diferentes partes del local. Andy volvió un poco más tarde con nuestras bebidas, y se sentó junto a mí. 


       —     ¿Te ha dicho Harry si vendría con los chicos al final?—pregunté, dándole un sorbo a la cerveza. Harry era el mejor amigo de Andy. Ambos se conocían desde párvulos.

       —     Sí. Me ha llamado mientras estaba en la barra y me ha dicho que en unos veinte minutos estaría por aquí. Al parecer traen a alguien más.

       —     ¿Alguien más? ¿A quién?

       —     ¿Recuerdas aquél chico que te comenté? ¿El americano?

       —     Ah, sí.

       —     Pues le han convencido de que venga.

       —     ¿Y tú le conoces? 


Andy se encogió de hombros. 


       —     Sólo le he visto una vez. Creo que llegó a la ciudad hace cosa de tres semanas. Parece buen tío.

       —     Eso está bien. ¿Y sabéis quién es?

       —     Yo por lo menos no tengo ni idea. Harry me ha dicho que el chaval está haciendo una tesis o algo así, y que planea quedarse en Londres hasta acabarla. Por eso se ha metido a vivir con ellos en su piso.

       —     Comprendo. Oye, y ¿cómo está Karen? ¿cómo le va por Roma?


Al nombrar a su novia, los ojos de Andy brillaron como estrellas. Yo no pude evitar sonreír. De nuestro grupo de amigos, la pareja que formaban Karen y Andy era la más longeva, puesto que llevaban casi cuatro años de relación. Ambos eran lo que se suele calificar como una pareja muy estable. Ella ahora estaba en Roma haciendo unas prácticas que durarían unos seis meses, de los que ya habían pasado dos. Karen y yo hablábamos de vez en cuando por mail, ya que casi no teníamos tiempo de hacerlo de otra manera, debido al trabajo. 


       —     Está muy bien. Muy contenta. No sé si te lo había comentado, pero estoy pensando irme una semana a verla, para sorprenderla.

       —     ¿En serio?

       —     Sí. Me apetece. Y ahora tengo vacaciones en el trabajo, así que podría aprovechar. Tengo muchas ganas de verla. La echo de menos.

       —     Pues hazlo. Yo no me lo pensaría. Además, es Roma. Tienes doble razón para ir. 


Continuamos conversando hasta que los chicos llegaron. Harry siempre era puntual, así que apareció veinte minutos justos después, vestido de Capitán América, a lo que Andy soltó una carcajada. David y Billy estaban disfrazados de Batman y Superman, respectivamente. Luego pude ver al chico nuevo, que estaba disfrazado de Danny Zuko, el protagonista de Grease. Pantalones oscuros, camiseta blanca y chaqueta de cuero, además del inconfundible pelo engominado hacia atrás, lo que dejaba ver sus bonitos ojos azules, que parecían sonreír con el resto de su cara.


        —     Esta brujita tan guapa es Audrey, la jefa del grupo. —dijo Harry, echándome un brazo sobre los hombros.

Los chicos se echaron a reír.

        —     Hala, exagerado. —respondí, con una carcajada. Extendí la mano derecha para estrechar la suya—Audrey, un placer.

        —     Caleb, encantado.

        —     Andy me ha comentado que llegaste hace tres semanas. ¿De dónde eres?—pregunté.

        —     Nueva York. — dijo él. — ¿Vosotros sois todos de por aquí?

        —     Sí. —intervino Andy— ¿De qué parte de Nueva York eres?


Mi móvil comenzó a sonar en ese momento y me alejé del grupo para poder contestar la llamada. Jo quería saber cómo estaba, y desvié la conversación hacia su cita con Trevor, que al parecer iba a pedir de boca. Me estaba llamando desde el cuarto de baño, ya que no quería interrumpir su interesante conversación con el chico para saber cómo estaba yo. Finalmente, le dije que estaba bien, y que todo iba como la seda, que no había ocurrido nada, y que dejase de preocuparse de una vez. A continuación, nos despedimos y volví a guardarme el móvil. 

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, y alcé la mirada, buscando la fuente de tal reacción. Miré hacia todos los puntos del lugar en busca de una puerta o ventana abierta lo suficientemente grande que dejase entrar una brisa que pudiera haberme causado tal efecto, pero no vi ninguna. La puerta principal sólo se abría cada vez que alguien nuevo llegaba a la fiesta, y las ventanas eran demasiado pequeñas como para que pasase una enorme corriente. Fruncí el ceño y miré a los chicos, que seguían conversando animadamente. Di media vuelta y entré en los servicios. 

Los sucesos de aquel día me provocaban una tensión que no podía quitarme de encima. Me miré al espejo unos segundos y respiré hondo; no podía perder la compostura, y menos si había peligro alguno fuera. 

Una vez volví con el grupo, me distraje conversando y bailando un poco. La música subió de volumen un poco después, y pudimos echarnos a la pista, que no era otra cosa que el centro de la sala. Cerré los ojos y me dejé llevar por el ritmo de la música, y cuando volví a abrirlos, las luces estaban apagadas, y un par de focos de colores brillaban en diferentes puntos del local. Podía ver las siluetas en movimiento de mis amigos, y de Caleb, que estaba junto a mí. Sin embargo, había una que me inquietaba sobremanera. 

Estaba junto a una de las ventanas, y no bailaba. 

Me miraba fijamente, girando la cabeza hacia un lado. Yo no podía apartar la vista de ella; mi pulso se aceleró, y sentí la necesidad de liberarme de su mirada utilizando mis poderes, pero me contuve. Era muy probable que alguien se diese cuenta de lo que estaba pasando, aunque las luces estuviesen apagadas. 

Entonces, los ojos de aquella chica comenzaron a tornarse rojos, y desprendieron un haz de luz que me hizo ahogar un grito. 

Y luego, el caos.

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