1957

jueves, noviembre 12, 2015





1957

Había sangre por todas partes.

La casa se había quedado en silencio tras los que habían sido los diez minutos más agónicos de la existencia de cualquier ser humano. Marion Hopkins estaba sentada en la cocina, con los ojos desorbitados. Su respiración estaba tan acelerada que creía que se desmayaría.

Pero no lo hizo. Si no lo había hecho hacía diez minutos no lo iba a hacer ahora.

Tenía el delantal manchado de sangre. Sus zapatos de tacón estaban completamente pegajosos por las suelas. Había bajado del segundo piso como en un trance, como si sus pies flotasen por los escalones de aquella gran escalinata que unía las dos partes de la casa. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba sola. Se dio cuenta de que su única compañía en aquel momento eran las paredes de aquella casona en medio del bosque. Cerró los ojos y suspiró. Una sonrisa casi macabra se dibujó en su rostro y comenzó a reírse a carcajadas. Sin embargo, esas carcajadas se convirtieron, segundos más tarde, en sollozos desesperados. La imagen de Howard volvió a formarse en su mente; volvió a ver cómo la vida se había ido de sus ojos, cómo la había mirado, cuestionándose lo cuerda –o lo loca- que estaba. Aquello siempre la había molestado. Porque Marion no estaba loca.
 
O al menos eso era lo que ella creía.

Lo que había hecho, esa atrocidad que había realizado, no había salido de ella. Era algo que había tomado forma en su inconsciente durante largo tiempo. Algo que ni ella misma sabía que podía hacer, pero que había acabado haciendo. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y, con un último gesto se atusó el pelo. Aquella mañana había ido a la peluquería, y en un arrebato se había cambiado el peinado. Luego, salió de la cocina y volvió a subir las escaleras.

Dejó los zapatos al pie de la cama y se quitó el delantal manchado, colgándolo en el perchero junto al tocador. Encendió la radio, y mientras tarareaba la canción que sonaba a través del altavoz, se deshizo de las joyas que llevaba puestas, guardándolas en su joyero de marfil. Después acarició la parte superior del tocador, observando los intrincados dibujos que adornaban el marco del espejo. No miró a su espalda. Sabía muy bien lo que le esperaba si lo hacía. Y lo cierto es que ni siquiera tenía curiosidad por hacerlo. Tenía la imagen grabada a fuego en su mente, y dudaba mucho que fuera a borrarse.
 
Se alejó del tocador y entró en el cuarto de baño, cerrando la puerta tras ella. Un pequeño pajarillo piaba sin parar en un árbol cercano a la ventana, y Marion sonrió.
Estaba hecho. No había vuelta atrás.

Puso el tapón en la bañera y abrió la llave del agua caliente. Luego, miró hacia la ventana y dejó que los rayos de sol le calentasen el rostro. 




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